SieteNotas

Numa Moraes, En Uruguay o en el Infierno

29/09/2003

Esta vez el pretexto para la entrevista fue el recientemente editado "Antología": una recopilación de dos CD’s con gran parte del cancionero grabado por el folclorista. Pretexto que sirvió para hablar de infinidad de cosas: los tiempos pre y post dictadura, el exilio político y económico, su amistad y sociedad con el "Bocha" Benavides, las clases de guitarra con Daniel Viglietti, la censura y más.

Con voz campechana, risa cómplice y trato amable, Héctor Numa Moraes recuerda, revive y cuenta parte de su historia como cantante, guitarrista y ser humano.

Nuevo disco y van...

Veinticinco o veintiséis, por ahí...

Y este que sacaste ahora es una recopilación ¿no?

Mirá, es una antología que sacó el sello Obligado tomando grabaciones del ’69 hasta el 2000. Son grabaciones que van desde el segundo disco mío ["Canto pero también puedo"], pasando por cosas de "La patria, compañero" del año ‘70 y cosas grabadas en Australia en el ‘88. Del ‘87 hay algo también y después pasa al ‘90, ‘94, ‘95... Yo hice dos discos con ellos: "Memorias del pago" I y II y de ahí sacamos algunas canciones también. Y hay una serie de canciones que quedaron grabadas, que eran clásicos del canto popular uruguayo que los hacíamos con otros compañeros: Cacho Labandera, Enrique Rodríguez Viera, Glet Fernández... incluso grabé con Mauricio Castro una nueva versión de "Pepe Corvina". Con todo eso armaron un CD doble.

¿El criterio de selección fue de Obligado?

Yo les di una mano. Sobre todo les aclaré los problemas de fecha: porque es feo sacar una antología con una voz de cuando yo tenía diecinueve años... Por lo menos hay que dar ese tipo de información a la gente. Entonces pusimos las fechas, vimos que estuvieran correctos los autores... Y ellos hicieron una carátula preciosa.

¿Qué sentís cuando escuchás temas de hace tanto tiempo atrás?

Bueno, me traen muchos recuerdos. La verdad es que esos primeros discos los quiero muchísimo. El primer disco ["Del amor, del pago, del hombre / La alarma"], que fue anterior a esas grabaciones –fue en el ’68-, es un disco que yo quiero mucho porque es lo que he seguido haciendo toda la vida. Ahí están todos los temas. Fue un disco armado por Washington Benavides como todos los trabajos hechos hasta ahora. Entonces claro: yo era un adolescente y él me hace cantar cosas que realmente yo sólo no hubiera podido hacer. De pronto no hubiera cantado "Las Golondrinas" de [Gustavo Adolfo] Bécquer o "Nocturno Rosario" de Manuel Acuña. Y tampoco hubiera cantado una tan buena canción a Cuba y a Vietnam. Es decir: en aquel disco está lo social, está lo poético, está la alta poesía y está lo folclórico también.

¿Cómo fue tu primer contacto con Benavides?

En el liceo. Él saca el libro "Las Milongas" y ahí yo quiero conocerlo. Se hace un homenaje a Benavides y me piden que cante. Yo canté canciones mías con textos suyos y ahí nos conocimos... Y después fue profesor mío en el liceo.

Pavada de profesor.

Claro, las clases con el "Bocha" hasta ahora son... es un placer realmente ir a una clase con Benavides. Porque no es acartonado, nunca lo fue y es de una cultura inmensa; nunca el acartonamiento, nunca el esquema, te hace participar de una manera natural, nunca te sentís que estás frente al que sabe todo sino lo contrario: te da la impresión de que él está aprendiendo... y está aprendiendo.

¿Cuándo te viniste de Tacuarembó a Montevideo?

Vine en el ‘68, a los 18 años.

Y acá conociste a Daniel Viglietti.

Claro, vine con una carta de Benavides para Viglietti y él inmediatamente me empezó a dar clases de guitarra gratis en su conservatorio y después me regaló una guitarra.

Era un tiempo muy difícil y él luchaba y luchaba para que yo hiciera escalas y tratara de estudiar. Hizo todo el esfuerzo para darme técnicas para que estudiara. Daniel es un tipo mayor que nosotros y muy inteligente y con mucha cautela, nosotros éramos unos kamikazes. Él es un tipo intelectual, con más estudios y bueno, la creación de él es fabulosa. Viglietti había estudiado muchísima guitarra –estaba estudiando con [Abel] Carlevaro en ese momento-, era un concertista... Yo la primera vez que lo vi en Tacuarembó fue en un concierto de guitarra. Ahí empecé a cantar con un banquito, sentado, a peinarme como él...

¿Lo tenías como ídolo?

Sí, claro. Pero tenía varios ídolos.

¿A quién más tenías?

Admiraba mucho a [Horacio] Guaraní, a [Atahualpa] Yupanqui... En realidad admiraba a todos. A Los Olimareños los había dibujado y los tenía en la pared.

¿Y los llegaste a conocer a todos?

Sí, sí. Bueno a Yupanqui lo conocí en Holanda y con [Eduardo] Falú nunca tuve el gusto.

Cuando estaba armando esta nota tenía la intención de hacerte una entrevista estrictamente musical sin tocar lo político, pero contigo me resultó imposible hacerlo...

Lo que pasa es que son épocas. Uno va por la vida caminando y lógico, uno no es sordo a lo que pasa en el mundo y lo que pasaba en el año ‘68 y ‘69 era muy terrible. De todas maneras en esa época yo no grabé las canciones que cantaba en las calles porque había una censura. Lo que quedó grabado generalmente tiene un nivel poético y es distinto... afortunadamente. Lo que cantaba en las calles era muy panfletario. Incluso en el ‘72 grabamos un disco para niños, que es realmente uno de los discos que yo más quiero. Eran poemas de Manuel Felipe Ruquéle -un poeta venezolano-, y del otro lado del disco había poemas uruguayos. Eso salió editado cuando volví al país, fue prohibido hasta el ‘85: o sea que los gurises ya tenían bigotes. (Risas).

Recién dijiste que cuando empezaste era una época terrible; pero esos años además fueron muy creativos ¿no?

Siempre es así: cada época tiene su característica. Era una época terrible en el sentido de que siempre cantábamos amenazados, estábamos muy perseguidos, muy censurados y claro: lo que cantaba en la calle no es lo que grabé porque no podía, y si hubiera podido grabar hubiera grabado textos muy panfletarios. No me arrepiento de haberlas cantado, al contrario.

Cuando estuve en Europa podría haber grabado esos temas, pero acá había una censura peor todavía: ya era peligroso cantar. Entonces yo traté de cantar haciendo de cuenta que estaba en el Uruguay. Y escuchaba a Carlos Benavides, a Julio Mora, a Eduardo Darnauchans, a la gente que estaba acá y trataba de adaptarme a esa forma de canto. Porque no era justo que yo sin censura cantara cosas terribles que no eran los temas que pasaban en Uruguay. Eso me ayudó también a cuidar los textos y elaboré mucho más la música para llegar a un público que no entendía la palabra directamente.

¿Y cuando volviste qué paso?

Cuando volví fue la vuelta, el desexilio... terrible también. El desexilio es peor que el exilio.

¿Sí?

Sí porque al exilio te vas o te matan o te meten preso: uno se va obligado. En el desexilio volvés porque tenés la opción de quedarte, generalmente ya tenés familia afuera, tenés estudios hechos y podés decir no vuelvo, me quedo acá que vivo bien, ¿para qué voy a volver? Pero yo siempre había cantado "La Patria, Compañero", había llamado desde el exilio para volver al país y vine. No fui el primero porque no pude, pero fui el tercero.

Mario Benedetti dice que el que se va al exilio después es un exiliado constante.

Es verdad. Nunca más tenés paz. Vivís pendiente de una llamada a deshoras, son catorce mil kilómetros de distancia lo que te separa de hijos, nietos a veces... Es terrible.

¿Cuándo te tuviste que ir del país?

En el ‘71.

¿Y cómo fue que te enteraste que te tenías que ir?

Me enteraron. Estuve escondido un tiempito y después me hicieron salir y después quedé escrachado en los diarios. Me fui a Argentina.

¿Y en Argentina cómo pasaste?

En Argentina me ayudó mucho China Zorrilla, Juan Gelman, el "Tata" Cedrón y otros amigos que me dieron plata y me ayudaron a pasar a Chile.

¿Cuánto tiempo estuviste en Argentina?

Debe haber sido casi un año... menos de un año. Mi gurí el "Tato" [Daniel Moraes] cumplía un año cuando cruzaba la frontera con Chile.

Y a Chile llegaste en el momento justo...

A Chile llegamos por Temuco, en un viaje terrible. Después estuvimos en Santiago. Ahí me ayudó mucho Julio Numhauser –uno de los fundadores de Quilapayún, el autor de la canción "Todo Cambia"-, y me ayudó mucho Ángel Parra, Isabel Parra y los uruguayos... Estuve allá en el ‘72 y en el ‘73 se venía el golpe y ahí nos sacaron.

¿Cómo era el clima que se vivía en ese momento en Chile?

Todas las noches habían atentados. Los "momios", o sea, la gente que estaba en contra del gobierno popular de [Salvador] Allende eran muy poderosos económicamente, entonces fue terrible: bombazo todos los días, atentados... se veía venir.

¿Llegaste a conocer a Víctor Jara?

Sí claro. A Víctor lo conocí acá en Montevideo porque en el año ‘69 grabé con el Quilapayún y Víctor Jara que habían venido. Y también estuvo en un recital nuestro en el teatro Odeón –que ahora ya no existe más-. Después me lo encontré en Santiago: un tipo de una alegría y una calidad humana fabulosa... Un tipo íntegro... era muy amigo de Viglietti. (Hace un silencio) Creo que ahora le van a poner su nombre al Estadio Nacional de Chile.

Estadio en que la pasó bastante mal...

Sí. Lo torturaron, le quebraron las muñecas para que no tocara más...

La hija de Jara: Amanda, dice que si fuera por ella tiraría el estadio abajo y haría un parque.

No, pero bueno... tá. De todas maneras me parece un homenaje importantísimo.

¿Y de Chile hacia dónde te fuiste?

A Cuba. Estuve un tiempo allá, un año más o menos y después fui a Suecia. En Suecia estuve tres meses. Después fui a Francia, en Francia estuvimos tocando mucho con Marcos Velásquez y El Sabalero. Y después fui a Holanda y ahí me quedé.

¿Por qué elegiste Holanda para vivir?

Es un país muy solidario, un país muy agradable para vivir. Fue lo que más se pareció al Uruguay. Yo no soy de las grandes ciudades, no me gusta, no podría vivir en Caracas, Buenos Aires, no podría... Entonces vivía en otra ciudad que era chica, divina, andaban todos caminando... me sentí muy bien: fue el país donde me sentí mejor.

¿Es comparable el exilio económico con el político?

Y no, porque en el exilio económico vos de todas maneras si te pica la loca vas a tener que comprar un pasaje y te volvés o escribís a tu gente o llamás. Nosotros no podíamos hacer eso.

Cuando tocás ahora en el exterior y te encontrás con los uruguayos que están viviendo afuera ¿qué te dicen?

Y bueno, tienen una terrible nostalgia. Sueñan con un día hacer una fortuna determinada y poder volver. Pero es difícil: yo conozco a muchas personas de Australia, por ejemplo, que se vinieron y tuvieron que volverse. Es bravísimo... Además por eso que decía Benedetti: quedás con las raíces divididas y Australia, por ejemplo, es muy lejos.

Vos cuando te enteraste que podías volver al Uruguay estabas precisamente en Australia ¿no?

Sí. Me llamó Omar Gutiérrez que tenía un programa en la radio que se llamaba "El Búho" y ahí escuché "Menena" al aire y me anunció que se había levantado la censura. Entonces traté de venir por EEUU y ser el primer curtinense que daba la vuelta al mundo (risas). Pero por problemas de pasajes no pude hacerlo y tuve que volver a Holanda, de Holanda a Valencia y ahí me vine.

¿Cómo fue la vuelta?

Fue muy emocionante... Tenía mucho miedo porque yo siempre soñaba que volvía al país, que pasaba frente a la casa de mi madre, que la veía y no podía saludarla, que hablaba con Benavides y después no sabía cómo salir del país... No salía, me quedaba. Ese era un sueño recurrente. Y cuando estaba bajando el avión, yo venía con Germán Araujo y me decía: "te faltan cinco minutos para el desexilio" y veía los helicópteros rodeando el avión y yo decía: "pah, acá no será el sueño". (Risas).

Después de aterrizar, el recibimiento de la gente fue hermoso.

¿Y después del recibimiento hermoso?

El tiempo pasó. Esos primeros días, meses, años fueron de mucha euforia, de andar para todos lados. Después vino lo que te decía: la falta de trabajo, las separaciones, mi compañera holandesa se fue con el chiquito, Milo, que tenía un año... Después ir a Holanda, venir... Empezamos a recorrer el país, no dejé de cantar nunca y la persistencia fue lo que me salvó: hay mucha gente que tuvo que dejar por falta de trabajo, yo me pude mantener dando clases de guitarra, cantando de aquí para allá... Siempre ha sido difícil.

La patria, compañero ¿la vamos a encontrar?

La patria, compañero, la estamos encontrando. No es que va a estar a la vuelta de la esquina, hay que irla encontrando. Y creo que la vamos a encontrar. Nunca hemos conocido, como dice la canción que canto del "Bocha": "La Filadelfia real", falta llegar a ese momento en cual la solidaridad sea fundamental y que haya una justicia social. Va a costar, no lo vamos a ver creo. Pero nuestros nietos sí.

Nicolás Hidalgo

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