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Leo Antúnez, Un lobo solo pegando mordidas 
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 sábado, 02 de diciembre de 2006
 
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Más info de Leo Antúnez

El pasaje de Leo Antúnez por la música uruguaya fue tan fugaz, que no hubo tiempo de que los músicos lo conocieran, los periodistas se interesaran, y quedara algún testimonio sobre su historia y sus motivaciones artísticas.

Envuelto en el sordo murmullo del misterio, ni la exhaustiva investigación realizada por Fernando Peláez sobre los primeros años del rock en Uruguay (De las Cuevas al Solís), pudo volver su figura menos esquiva.

Si había que hacerse una idea del hombre que estaba detrás de aquella estética extravagante que aglutinaba recitado poético y un sonido de perfil predominantemente hard, apenas podía recurrirse a su único registro (Un tal Leo Antúnez, 1972) y a la crudeza de un conjunto de canciones que aportaban otra visión de la realidad y que exponían un submundo marginal hasta entonces poco explorado.

Como la Velvet Underground, fue una astilla clavada en el corazón de una época que ni se enteró de su existencia; como Rimbaud, exudó su ráfaga de sentido y desapareció sin dejar huellas.

Treinta y cuatro años después, Leo Antúnez baja los datos de su memoria, despeja dudas y comienza a dejar de ser leyenda.

CREACIÓN INTUITIVA

¿Por qué tu aparición fue tan explosiva y luego del estruendo vino un largo silencio?

Porque yo no tenía ningún propósito musical... Antes de comenzar esta historia, hacía un programa de radio en CX 42 radio Vanguardia, cuando estaba en el entrepiso del Teatro Stella D’Italia. Recuerdo que en una ocasión entré a la emisora a vender cursos de inglés y como me enamoré de la radio, le llevé un programita que me inventé a Carlos Martins llamado “Dimensión del Ruido”, donde tuve la valentía de ser el primer discjockey (1) en pasar Led Zeppelín en Uruguay. Corría 1970 y un día, por puro atrevimiento, le propuse a Carlos Martins hacer conciertos de rock en la sala 18 del Teatro El Galpón, y así fue como surgieron los Conciertos de la Rosa (2). No quiero equivocarme demasiado pero en el primer o segundo concierto, Dino no pudo tocar porque su hijo –un gurisito de 3 años- se había caído sentado arriba del primus y como es lógico, el loco tuvo que pegar el faltazo.

Estaba toda la gente esperando y para salvar la situación se organizó una pizza, una zappada, y en medio de todo eso, yo junté a dos o tres gurises que estaban por ahí y con los que habíamos coqueteado musicalmente y me inventé el “Padrenuestro” (3): una especie de combustión espontánea nacida con absoluta inconsciencia de lo que hacía, y que la tuve que repetir tres veces. Así que seguí haciendo música con unos gurises: había un gordo de San José que tocaba el órgano, y después se le sumó Richard Kyriam, el guitarrista y después el batero Jorge Taborda –que golpeaba los parches con palos de escoba- y creamos una especie de química a la que le llamamos Leo Antúnez y Existencia. Una noche de esas en donde uno no tiene ni un bulín donde ir a dormir, estaba yo sentado a la salida del programa de radio, en la escalinata de lo que antes era la Caja de Jubilaciones cuando veo pasar a Carlos Martins junto a la que entonces era su compañera, Raquel. Ellos me dicen “¿qué estás haciendo acá?” y les contesté que estaba pensando en un aviso que había leído en el diario sobre un Festival de música joven que se iba a realizar en Salto, al cual pretendía presentarme y ganarlo. Y sucedió así. Primero gané en la preselección por Montevideo y cuando fui a Salto, como teníamos un solo tema ensayado, la gente del Festival nos pide que hagamos otro tema para poder competir porque el resto de los concursantes tenían más repertorio. Tuvimos que improvisar y dos horas antes de salir a escena, me junté con los músicos y nos hicimos un invento que se llamó “La Jauría”. Resultado: ganamos por ovación. Eso fue tan espectacular que creo que recién allí descubrí que podía hacerlo en serio. Hasta entonces era como cualquier otra cosa: un pasatiempo, una compulsión, un acto inconsciente, de pura explosión interior, y coincidiendo en el tiempo y en el espacio con determinadas cosas que estaban sucediendo, pero no había ningún propósito serio. Luego del Festival descubrimos que estábamos haciendo una cosa nueva que nadie hacía en aquel momento, que además gustaba y conmovía, y no queríamos, ni sabíamos, ni teníamos por qué definir. Entonces, me dediqué en cuerpo, alma y vida a crear.

Una etapa que no duró más que un año o un año y medio...

Lo que pasa es que en aquel momento y si nos ubicamos históricamente en ese tiempo concreto, sucedían muy poquitísimas cosas en Uruguay a nivel musical. Estaba Numa, Zitarrosa, Opus Alpha, Psiglo, pero en lo mío, en lo que yo hacía, no había mucho lugar para desarrollar la propuesta. Me acuerdo que una vez me contrataron para hacer una actuación en Ton Ton y cuando suelto parte de mi repertorio casi me matan.

¿Qué querés decir con casi me matan?

Desde amenazarme hasta decirme “no, mirá Leo, no sigas actuando, disculpá, fue un error”, y me tuve que ir.

¿Qué llegaste a cantar? ¿Una canción?

Sí, una y un poco de otra... En otra ocasión fui a actuar a Pando y mientras estaba en escena, tuve que pelearme físicamente con siete y yo solito aguantando con una silla.

¿Por qué creés que te agredían?

Porque lo que yo estaba haciendo era políticamente jodido, aunque no tuviera encuadre político alguno en lo personal. Yo era un lobo solo pegando mordidas y haciendo lo que creía, y si hay un solo mérito en todo eso, hay que buscarlo por el lado de la creación intuitiva y la honestidad de la propuesta... Pero a nadie le gustaba lo que yo hacía excepto al que lo recibía, y los músicos en sí tampoco se sentían cómodos. Como nunca supe tocar ningún instrumento y sólo he tenido intuición musical, de alguna manera yo era un improvisado, un paracaidista, un don nadie. No era un músico de carrera y como te decía, el lugar para expresar lo que yo hacía era francamente escaso. Hice tres o cuatro conciertos en tres o cuatro salas, todas ellas con un fracaso descomunal. Cuando tocamos en la sala pequeña del Teatro El Galpón por ejemplo, creo que fueron siete personas, de las cuales cinco eran amigos.

EL DISCO DEL ADIÓS

En medio de esa desconexión del público con tu propuesta, está la grabación del disco. ¿No es contradictorio que se apueste por hacer una placa cuando nadie te iba a ver en vivo?

Lo que pasa es que el disco se hizo a iniciativa del periodista Esteban Leivas, que unió las voluntades del flaco Jorge Barral, de Yamandú Pérez y de Jorge Silva. Yo estaba recién casado con Adriana, mi primera esposa, y el flaco Barral venía a casa con su talento y su guitarra y empezábamos a componer. Yo le iba diciendo al flaco las ideas que tenía para las canciones tipo: “este tema quiero que comience como una canzoneta italiana, este otro con un tango tocado por un contrabajo”.

A partir de esa idea básica, ¿vos lo dejabas hacer todo o intervenías y proponías giros?

La creación se daba como una aparición conjunta. Éramos dos cabezas, dos corazones y cuatro huevos trabajando en una ida y vuelta, en un método de creación completamente aleatorio porque hasta la creación poética era al unísono.

¿El texto no estaba escrito antes?

Para nada, íbamos creando en el momento. Después venían a casa Yamandú Pérez y Jorge Silva y le pasábamos los toques.

La mayoría de los grupos de rock de aquellos años tenían un punto de contacto con algún nuevo sonido que se producía en la metrópolis, pero tu música parecía que no venía de ningún lugar.

Es que del único lugar que vengo es de la calle. De la misma manera que te digo que empecé a ser poeta porque leí a Pablo Neruda, o empecé a ser escritor porque leí Primavera Negra y Trópico de Cáncer de Henry Miller -y después busqué ansiosamente todo lo que él escribió y eso me influenció ciento por mil-, musicalmente no tengo la más puñetera influencia de absolutamente nadie. Yo escuché rock durante los tres meses que duró el programa que hice en radio Vanguardia y después nunca más. Lo que escucho todo el día desde siempre es música clásica. El resto es circunstancial.

Vos decís que no había un lugar para tu música y sin embargo, el concierto presentación del disco estuvo lleno de gente.

Es cierto. Fue en la Sala 18 del Teatro El Galpón y estaba tan repleta que había gente sentada hasta en los pasillos. Son esas situaciones raras que se dan pero en realidad, no había espacio para mi música. Sumada esa certeza a las ansias que tenía de viajar y vivir cosas diferentes, una semana después de ese concierto presentación-despedida, me fui del país. Yo no tenía contención familiar, no pertenecía a un barrio, tenía pocos amigos. Era un solitario bohemio de 22 o 23 años que estaba experimentando lo que podía descubrir y encontrar de la vida. Así que me fui por América todo por tierra hasta Venezuela y allí me quedé tres años.

Mencionabas como una de las razones para irte la falta de contención familiar. ¿Podés ser más explícito?

Mi padre dejó a mi madre sola con tres gurises a cargo y a mis ocho años, a ella se la llevaron al Vilardebó. Yo me crié en la calle durante un año y medio vendiendo periódicos, abandonado por mis abuelos y mis tíos. A mi hermana sí, se la llevaron unos tíos abuelos al Sauce y a mi hermano de nueve meses –que yo había criado con mi hermana desde que nació- lo llevaron a la casa de mis abuelos. Como a mí no me querían porque decía muchas malas palabras, me llevaron al Consejo del Niño, de donde me escapé a las dos horas gracias a una cocinera gorda que me pidió que la acompañara a la feria, y una vez allí, agarré calle abajo y me fui. Un día, llegué a una escuela (la número 26, Países Bajos, del Paso Molino) en mis andanzas de vendedor de periódicos en autobús, donde conocí a mi maestra de tercero que me adoptó. Hasta los quince años viví con ella y desde allí, me independicé y proseguí trabajando y estudiando a la vez.

Continuaste haciendo música fuera del país.

Al principio sí porque las cintas de la grabación del disco que me había llevado, me sirvieron de carta presentación en cada lugar que pisé. Actué en Perú, Ecuador y hasta en la televisión venezolana, pero llegó un momento que no tuve como continuar aquello. Me faltaba el respaldo, la música y además, cuando nació mi primer hijo, sentí que no le podía pasar a él lo que me había pasado a mí, y en una especie de coraje al revés, dejé de lado lo que más me importaba para darle seguridad. En 1977 volví a Uruguay y estuve haciendo un programa de radio en CX44 Panamericana, hasta que en el 79 me fui definitivamente a España, donde viví cerca de 20 años.

¿Y la música?

Musicalmente no seguí ningún camino, no persistí en el lenguaje. Continué escribiendo poemas y tengo escrita una saga de tres novelas. También me he dedicado a la expresión plástica y para sobrevivir, fui propietario de productoras de video, agencias de publicidad y medios de comunicación en Barcelona.

Es extraño que teniendo toda esa actividad pública en España, no hayan tratado de contactarte para conversar contigo cuando se juntó el material que dio forma al libro De las Cuevas al Solís.

No sé que decirte… Esteban Leivas sabía de mí y Barral, que estuvo en mi productora de videos en una ocasión, también.

CON LA FRENTE MARCHITA

¿Cuándo regresaste a Uruguay?

Volví en 1996. Allá en Madrid tuve algunos problemas de salud y la familia insistió en venir para conocer el país. Ellos se enamoraron del lugar y aquí estamos.

¿Y vos te enamoraste también?

Yo no quería venir aunque en algunas ocasiones me digo “éste es el único lugar para quedarse”. El Uruguay me ha dado lo que no tuve nunca en ningún otro lugar ni jamás encontraré en ninguno: una formación cultural sorprendente para la época en cualquier lugar del mundo, de la que me siento profundamente orgulloso; me dio una fuerza, una solidez, una independencia, un carácter. Pero también el Uruguay, me ha causado un dolor como ningún otro lugar me lo ha causado nunca.

¿Seguís teniendo pocos amigos?

Sí.

¿A qué se debe?

Me parece que tiene que ver con que los demás no se han interesado en mí como yo pude haberme interesado en ellos.

¿Vos pensás que si Leo Antúnez hubiera sido de otra manera diferente a la que es, las personas se hubieran acercado más?

¡Ah, sin duda!

¿Qué atributos hubieras precisado?

Ser rubio, de un metro noventa. Sin duda, ser hipócrita, decir lo conveniente en el momento adecuado, guardar las formas, tener imagen, manejar tu propio marketing, tener cierta distancia y cierto personaje urdido, establecer que ese personaje tiene términos totalmente diferentes en la apariencia que en la intimidad.


Referencias:

(1) Así se le llamaba en los años sesenta a los locutores / programadores radiales.
(2) En el libro De las Cuevas al Solís, no figura Leo Antúnez como organizador del primer Concierto de la Rosa. Sí como responsable del andamiaje del segundo hasta el cuarto.
(3) Esta información tampoco coincide con la que aparece en el libro De las Cuevas al Solís.



Manifiesto Mutante

Declaro mi absoluta conciencia de saberme distinto.
Asumo ser aceptado solamente,
por aquellos que sienten y luchan como yo.
Declaro mi absoluto desprecio
por toda forma de injusticia.
Declaro mi amor por la vida.
Mi profunda ternura por los desposeídos
de la tierra.
Declaro sin embargo la furia ,
como necesario instrumento para enfrentar al necio
que pretende decidir mi destino sin contar conmigo.
Declaro mi libre albedrío.
Saber que nadie nunca
podrá hacer de mí o conmigo, nada que yo no permita.
Declaro por tanto mi soledad ante los otros.
Declaro la música como espejo perfecto
del silencio y la palabra.
Declaro la luz como camino verdadero
Ante la oscuridad que envuelve la ignorancia.
Me declaro individuo Único Universal Irrepetible.
Me declaro culpable de estar vivo.
Me declaro hechicero, pastor de palabras, mensajero.
Me declaro soberbio, altivo y desolado.
Declaro ante quien quiera oírme,
que tengo derecho a ser quien soy, a sentir como siento,
y que nunca nadie por ninguna razón
podrá negarme ese derecho.
Declaro ante quien quiera oírlo, que soy como elijo
le guste a quien le guste o no,
y que no me arrepiento.
Declaro serenamente que he sentido miedo,
y que en mí se esconde, –como en todos—
la memoria latente que me asemeja a un asesino.
Me declaro enemigo de los enemigos
de la libertad o la vida.
Me declaro trasgresor.
Juro aborrecer la hipocresía.
Asumo como propio el destino de todos aquellos
que como yo, se saben mutantes o distintos.
Declaro mi orgullo por serlo y parecerlo
y acepto pagar el precio.
Declaro a partir de este momento
mi derecho a ser semilla o detonante o reflejo
de un futuro
que no obedezca otra regla ni otro mandamiento.

Leo Antúnez

+ de Leo Antúnez: www.leoantunez.blogspot.com/  

Leonardo Scampini

 
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