SieteNotas

El Sabalero, el corazón en la garganta

03/01/2002

El Sabalero es uno de esos compositores que le han ganado al tiempo. Sus canciones se pasean por escuelas, festivales y boliches. Su voz cascada y su particular manera de decir son un clásico uruguayo. Volvió a Uruguay en noviembre procedente de Holanda, país en el que vive la mayor parte del año. No bien llegó se “internó” durante cinco semanas en los Estudios IFU donde grabó los catorce temas de su próximo disco, aún sin nombre definido, que se editará en Marzo. Ese disco ya casi terminado fue el puntapié inicial de esta distendida charla con José Carbajal.

Yo antes de hacer el disco hablé con Fernando (Goicoechea), el arreglador, y le dije “mirá, vamos a hacer una cosa, vamos a hacer los temas como a mí me gustan hacerlos”. Como me hubiera gustado siempre poder hacerlos ¿no? No mejor cantados, no mejor tocados, sino que digan más. No tan apurado, más lentones; que sean historias que se cuentan.

¿Y otras veces no pudiste hacerlos como querías?

No, porque a veces… cuando estábamos afuera, por ejemplo en el exilio, no teníamos plata. Entonces teníamos plata para tantas horas de estudio. Y los músicos casi nunca cobraban afuera, eran todos muchachos que iban a tocar de gauchada ¿viste?, tampoco podías abusar. Entonces siempre era muy a contratiempo, todo a contrarreloj. Salían los discos horribles ¿no? Yo me acuerdo la primera versión de Borracho… que llegó acá hecha en Holanda; era espantosa. A la gente le encantaba pero era espantosa igual. Le encantaba por lo que decía la canción y también por el momento en el que llegó, pero era espantosa la versión. Jaime (Roos) tocó la batería en esa (risas)… en la primera grabación de Borracho… es brutal. Hay cosas que parecen inventadas, son todas de ficción ¿no?, pero era lo que podíamos hacer.

Y era una situación muy de ficción también estar allá…

Claro, ¿te imaginás? Todo ese disco que se llamaba Colmeneras lo preparamos con Jaime. Jaime vivía en una casa al lado de un parque muy lindo que hay en Ámsterdam. Un lugar muy lindo. Vivía ahí y yo iba y subíamos al altillo, un altillo en el que trabajábamos. Y había muchas pulgas. Entonces teníamos que ponernos las medias arriba de los pantalones porque si no nos comían las pulgas. Entonces ahí un rato trabajábamos, arreglábamos las canciones y después bajábamos y nos sacábamos las pulgas con las manos (se ríe); y después al rato seguíamos, después descansábamos. Esa época con Jaime trabajamos mucho; después vino el disco de él en el que yo canté Aquello. Pero nunca había plata para hacer las cosas. No se puede negar el talento de Jaime por ejemplo, ni el de los otros muchachos que tocaban: Alvarito Pasquet, el José Carrasco… Luis Pasquet fue a tocar con nosotros el piano. Vino a ver a Alvarito a Ámsterdam y lo enganchamos, le hicimos cambiar el pasaje; estaba tocando en la ópera de Helsinki él, y toca Borracho pero con flores ahí, es él el que toca el piano… Luis Pasquet, uno de los genios de acá del piano. Y bueno, no nos cobró un mango por supuesto; si no teníamos un peso. Hacíamos lo que podíamos. Y aquí, cuando trabajábamos aquí antes de irnos, se trabajaba muy mal en la grabación. Salvo algunos discos que grabé yo que estaban buenos los masters y después los cortes estaban malos, que hice con Henry Jasa en el Sodre. Se grababa en la radio, en el estudio de radio. Henry era un tipo brutal grabando.

Entonces vos a la hora de poner en la balanza siempre te quedaste más con la cosa de menos calidad técnica pero más fresca, más espontánea, digamos.

Sí, sí. Yo por eso nunca cambié mucho, yo nunca exigí mucho para la grabación. Yo prefiero menos ladillez en el “nos movimos”, “cuidado esta notita y esta cosa”, cuando la cosa tiene fuerza o expresión o emoción, o que dice algo ¿no? Sea la música que sea. Yo prefiero no la perfección sino la comunicación.

Uno tiene la idea de que generalmente los solistas en sus propios discos son los que exigen…

No, no; yo no. Además yo soy un relator de cosas. Yo cuento cosas, entonces a veces por ahí mi instrumento, que es el manejar la palabra, que tal vez sea el instrumento que más emociona en el mundo, es muy difícil de manejar. Cuando la metiste y decís: “está bien”, que se mueva otro un poquito no importa mucho. Ahora, cuando el tuyo no expresa… bueno, puede estar todo perfecto pero no pasa nada si la voz no está bien. No la voz cantada, digo la voz, la palabra.

El “decir”.

Eso, la palabra. El que yo te cuente una historia y vos te la creas; te la creas o te conmueva, o te mueva el piso un poquito; algo así ¿no?

Para eso es fundamental ser creíble. Y hay como una magia tuya ahí con la gente…

Claro, también lleva tiempo ¿eh? Y no sé, no sé si es ser “coherente” o ser “honesto”, no creo en esos cuentos, en esos versos; lo que creo es que uno tiene que hacer lo que conoce, lo que sabe. Y cuando no sabe algo decir: “no lo sé”. Nunca se me ocurrió escribir una canción sobre algo que no supiera. Nunca inventé nada. Tampoco quise hacer canciones enormes, monumentos, himnos… no sé, esas canciones que hablan de grandes personajes o patrióticas, no, no, no; mis personajes son tipos de la vida cotidiana, o sea, los que se mueven dentro de mis canciones conmigo, los que juegan conmigo a la bolita, o los que juegan conmigo al billar, o los que charlan o los que toman un vino son tipos de carne y hueso, como yo. No han hecho nunca nada extraordinario, nada más que eso: tomarse un vino, o jugar a la bolita, o hacer un cuento.

El rescate de lo cotidiano…

Sí, claro, soy un tipo muy cotidiano en mi producción y la gente creo que por eso me quiere, o por eso me aprecia; yo creo que me quieren ¿no?, que me tienen cariño. Claro, si vos a alguien le contás que estábamos jugando a la bolita, y con la perrita, y los tipos lo hicieron también… ya te entran a querer, porque dicen: “este es uno de los míos” ¿no?

Vos hablás de cierta cuestión cotidiana en la parte de letra y en el “decir”. También hay una cosa cotidiana en la parte musical ¿no?, porque ese “contar” lo hacés con una música también muy de acá, algo sencillo aparte.

Es un soporte muy sencillo, eso es verdad, sí; y tal vez eso es muy importante. Capaz que hay gente que le parece demasiado sencillo ¿no? Ahora, yo le digo a cualquier músico, por más bueno que sea, que toque bien algo sencillo. Yo digo, bueno, es muy sencillo, tiene dos tonos o tres, fantástico; ahora… dale sabor a ese trotecito. Que eso cabalgue. Que haga chun-chin-chun; que lo haga. No me hago el vivo tampoco, simplemente es que son treinta o cuarenta años haciendo eso. Y que dedicaste tu vida a hacer eso. Por suerte hay una cantidad de muchachos jóvenes, mirá que casi todos los músicos que trabajan conmigo son muchachos jóvenes, que se interesan por eso. Hay otra cosa: yo trabajo con los músicos… nunca le digo a un músico lo que tiene que hacer. Él sabe más que yo. Le digo lo que a mí me parece que sería un color, que sé yo, una intención… “escuchá la letra, vamos a juntarlo”. Yo veo muchos colores en las canciones siempre. Les digo: “a mí me parece que esto tira a un rosa viejo, esto a un azul… esto suena más bien a bandoneón, a barrio de bandoneón”; explicaciones muy sencillas donde los locos me cazan la onda enseguida y empiezan a escuchar. Además siempre digo: “yo no sé nada de música, los que saben son ustedes muchachos”. A mí no me pidas nada, nada, nada de música porque yo no sé música. Yo hago este cuento y lo chiflo así, ¿tá?, “ahora ustedes son los que tocan”; y en realidad son ellos los tipos que tocan, los que hacen sonar la banda son ellos.

¿Disfrutás el trabajo de estudio o te agobia?

Me gusta, porque además estás muy cerca de los músicos. Porque cuando estamos trabajando arriba del escenario es una hora y media o dos horas y después cada cual a su casa. Después yo ensayo muy poco, soy de poco ensayar, además vivo lejos, vivo en Atlántida, soy vagoneta para venir a Montevideo, no me gusta venir mucho, y aparte cuando no estoy acá no estoy acá. Entonces el trabajo de escenario es cortito, nos vemos poco, viajamos juntos pero es corto. En cambio en el estudio son días y días y días… te vas queriendo más, te vas conociendo más, vas limando algunas irritaciones que a veces hay, porque el trabajo de estudio es muy desgastante por las repeticiones ¿no? Entonces a veces hay algunos roces, pero después con los días empezás a… te olvidás. Resulta que te rozaste con alguien que te estaba aportando una cosa bárbara y vos de pronto de testarudo decís que no, yo que sé, o porque se te ocurrió o porque estás cansado, porque tenés sueño, porque estás afónico, no sé por qué; pero acerca mucho a los músicos, me incluyo, acerca mucho al grupo, humanamente lo acerca mucho.

Vos me decías que a veces los músicos jóvenes se te arriman para ver cómo es esa cosa del “decir”. Ahora, ¿vos sos de arrimarte a otras cosas?

Soy de escuchar, soy de escuchar sí. Sobre todo algunos grupos de rock. Vos sabés que yo soy rockero perdido (se ríe). Sí, yo soy de la época del rocanrol, aquello de los cincuenta y largos y de los sesenta. Entonces a veces me arrimo o me voy a vichar algún concierto por ahí; y hay algunos grupos que no son profesionales, de guachos en algunos pueblos o en algunos barrios; ahí en Villa Argentina hay un grupo que tiene una canción preciosa que se llama Rayito de Sol, y algún día si ellos me dejan yo la voy a grabar; ojalá la pueda grabar con ellos, La Tota se llama el grupo. Y no sé, hay grupos que me gustan.

¿Sos de tocar rocanrol en tu casa?

No, no, yo no sé tocar. Te digo más, hace unos años ya que estoy con un proyecto en el que estoy componiendo cosas para un disco que se va a llamar Viejo Animal. Yo en dos años seré sexagenario… es una cosa espantosa (risas). ¿No te parece horrible esa palabra? “Sexagenario”, en dos años seré eso. Entonces se va a llamar Viejo Animal. Es una mirada desde acá: cincuenta largos, sesenta, esa edad ¿no? La primera canción es un rocanrol. Es un cuento de un baile, de una parejita bailando rocanrol. Yo vivía bailando rocanrol cuando era pendejo, incluso gané un concurso departamental de Colonia bailando rocanrol…

¿Ganaste un concurso?

Con mi hermana, sí, sí… muy fuerte. Pero ese disco pasa por muchas etapas. Arranca desde la adolescencia, doce, trece, catorce años, hasta más o menos ahora; no contando mi vida, contando cosas que también le han pasado a otros, mirada la vida ya desde un casi hasta luego ¿no? (risas)

Siendo casi un sexagenario, por más feo que suene, mirás para atrás ¿y qué ves?

Una suerte, una suerte tan grande… porque llegar a esta edad cantando en todos los festivales… el otro día estuve cantando en la Fiesta de la X (La Fiesta Final), había un grupo de rock antes que yo, y yo subí, eran las tres y media de la mañana y había gente en pila, y agitaba… ¡estaba agitando! (risas). Oíme, está difícil, está difícil para entenderla ¿me entendés? Vos mismo en tu cabeza decís: “¿cómo puede ser que yo pueda agitar a todos estos guachos que vienen pegando fuertísimo atrás?”. Yo tengo un grupo fenómeno también ¿no?, está todo bien, pero yo soy yo, soy un tipo de cincuenta y ocho años, chau y listo. Y cuento historias de pronto pueblerinas y cosas así. El uruguayo se agita con eso… Vamos a entendernos, depende el público también, si voy a cantar a Argentina no me dan ni pelota de repente ¿no?

Pero a veces podés creer que tu propuesta no le va a llegar a determinada gente y muchas veces te podés equivocar ¿no?

Sí, el año pasado estuvimos en la Patagonia, que yo sabía que era un lugar de gente muy fuerte, muy tierna y muy golpeada; pero no sabía que conocían mis canciones. Eso fue lo que me impresionó. Las cantaban conmigo, era brutal; cantaban conmigo los tipos. Y además me querían, me querían como si estuviera acá, como si me bajara de un escenario acá en Uruguay.

¿Te sentís vigente?

Es lo que te digo, miro para atrás y digo: “todavía tengo vigencia”. Claro, yo no canto cosas que puedan ser efímeras, yo escribo cosas que a mí me conmueven humanamente, y creo que lo humano no es efímero nunca. No hago éxitos, no escribo: “voy a fabricar una canción para que pegue”. Me importa nada si pega o no pega. Yo escribo lo que tengo ganas de escribir. Y por ahí me sale un cuento, por ahí me sale una canción, por ahí un relatito, por ahí una cosa larga y pesada de treinta minutos o por ahí una de dos minutos, yo que sé. Entonces pienso que sí; además hay una cosa que me ha ayudado ¿eh?, ojo que yo creo mucho en la suerte también, y la vigencia mía pasa por la suerte. El estar en la Escuela, en Primaria: al cantarse mis canciones en Primaria, eso me ha metido dentro de toda la familia. Ahora por ejemplo, el siete de diciembre, terminaron las clases: no sabés, llovían las llamadas a mi casa. Yo no estaba, era impresionante. Llamaron dos mil escuelas para que fuera. Yo no podía ir a ninguna porque estaba adentro del estudio, pero… una cosa brutal. A veces voy cuando puedo, voy a alguna escuela, a algún lugar y canto un par de canciones ahí con los chiquilines; pero bueno, no me da el tiempo tampoco ¿no?; tenés que seguir produciendo.

Juan Castel

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