SieteNotas

Daniel Amaro, El aliento interior

01/02/2008

Desde que en 1968 inició su aventura artística con el grupo Los Hunters, Daniel Amaro no ha interrumpido nunca su vinculación con la música. Primero fue Cold Coffee –un colectivo beat psicodélico de principios de los setenta- y luego, una carrera solista edificada lejos de su tierra natal.

De ahí que las canciones de su autoría más reconocibles, casi siempre se hicieran famosas y llegaran a los oídos del público en la voz de otros músicos como Jorge Bonaldi o Silvia Meyer.

Su más reciente disco (“Uno y su corazón”) tiene dos o tres composiciones que por su categoría, otros artistas van a querer versionar. Aunque en esta ocasión y debido a la pronta edición uruguaya realizada por Perro Andaluz, serán difundidas primero en su propia voz.

TODO AL BORDE DE LA NADA

Entre el 78 y el 85 hubo una cierta regularidad en tu producción discográfica. ¿A qué se debió el alto de 15 años hasta tu disco “Transatlántico”?

Fue un período diferente en el que las prioridades cambiaron. Coincidió con que puse un local de música y copas, con actuaciones en vivo, en el que cantábamos con el grupo. Fue muy bien durante mucho tiempo y el poco espacio libre que quedaba entre el trabajo en el local y los recitales que dábamos por Noruega, lo dedicaba a la familia y a buscar inspiración para nuevas canciones pero sin premuras. No tuve la necesidad real de grabar hasta que se unieron fuerzas y canciones, fue por el 92, cuando empezamos a trabajar en "Transatlántico"; comenzamos en Noruega ese año y al final se terminó en Madrid con Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute en el 95. Era una producción mía, independiente, es decir, difícil y lenta porque la gestión la hacía toda yo solo. La muestra de ello es que no conseguí que se editara en Montevideo hasta el 2000 y no se enteró casi nadie.

En líneas generales, Uno y su corazón tiene una fuerte vena tanguera relacionada con los textos: la pérdida de la ilusión, lo efímero de la vida, la mirada retrospectiva. ¿Está tu experiencia personal en juego o sólo se trata de canciones?

Siempre, de alguna u otra manera, hay un poco o mucho de uno, de sus vivencias, en las canciones que uno canta. Ya sean textos propios o de otros, es igual; tampoco importa si son el resultado de una experiencia personal, de la observación, de algo que te contaron, de una noticia o de dejar volar la imaginación si llegan las musas, de todas formas llega un momento en que son tuyas, pequeños alegatos, reflexiones resumidas para ser cantadas que coinciden en una propuesta única de contenido y estilo. A partir de ahí ya no sabés si son tu experiencia personal o la de otros, es igual. Las historias a veces las buscás y en otras te encuentran ellas a vos. Si algo no está en concordancia con la forma que tenés de ver las cosas, de querer a la gente, amar a los tuyos, entender la justicia, la solidaridad, la cultura, la alegría, la nostalgia y los descensos a segunda división, difícilmente pueda transformarse en una canción que sientas como tuya. No sabría ponerle música a algo que no comparto, que no siento.

La vena tanguera es algo que siempre ha estado presente en buena parte de mis canciones, principalmente desde "A la ciudad de Montevideo", allá por el 76. El tango, su imaginario, su lírica, está dentro de nosotros desde chicos aún sin saberlo muy bien e inevitablemente te surge como un aliento interior que te condiciona -y que en mi caso, es recibido con necesidad y alevosía- y que impregna a todas las demás influencias de vida cantada que uno tiene: el blues, Yupanqui, Dylan, Buarque, Brel, Lennon, Silvio, Zitarrosa, Serrat, Aznavour, el rock, y tanto más. El tango encaja con todos porque de alguna manera están unidos por lo mismo: sentimientos.

La sensación de vida a media luz que destila "Como cuando llega el día", ¿tiene que ver con la añoranza de otro tiempo cronológico o geográfico?

Cuando Esteban Leivas me mandó este texto hablamos mucho acerca de él por Internet. Es más un recuento desasosegado de alguien que perdió algunos trenes que le hubieran cambiado la vida y que en ese resumen incluye los sueños de sus noches de insomnio. Está claro que se trata de un tipo al que la vida no le dejó más opciones o al menos él lo piensa así, su estado de ánimo no deja dudas. El personaje es, se entiende, un solitario con mucho perdido, lejos del lugar de donde alguna vez salió. Todos, en algún momento, pasamos por algo parecido aunque fuera por un tiempo breve por suerte.

El texto me pareció tan intenso que me pensé mucho la música, pero una vez que tuve claro que no había otra cuestión que una tanguez, salió de un tirón. Le mandé un MP3 al Leivas y me llamó enseguida que la escuchó. Me dijo que si él supiera ponerle música a las letras no podría haber imaginado una música mejor y también largó un ¡qué cabronazo sos!, que fue el mejor elogio. Bien.

Flota a su vez en las canciones, la idea de que a pesar de todo, el amor salva. ¿Sigue siendo el amor el motor principal aún en un mundo desarrollado y en países como Noruega?

Claro, el amor en cualquiera de sus derivaciones, sigue siendo un gran motor, la razón y la locura, la serenidad y el desasosiego, la esperanza y el abismo, como sea que te venga y te toque en suerte. Y según como quieras, puedas o sepas construirlo, compartirlo, sos de una u otra manera, ves el mundo, tu tarea, el futuro y las pequeñas cosas que te pueden dar gotas de felicidad, con otro prisma. El amor no salva siempre, no sirve para huir de nada porque muchas veces está unido al dolor, pero sí es imprescindible para enfrentarse a todo con más fuerzas. Hace muy poco tuve la suerte de trabajar con Horacio Ferrer, el gran poeta tanguero, en una versión de su "María de Buenos Aires", acá en Noruega, y hablamos también de esto. Él, a sus setenta y pico de años, me decía algo que comparto en líneas generales: el amor es la obtención de un estado superior que muchas veces está por encima de las palabras, tan imprescindible como la amistad; la soledad, decía el maestro, sólo sirve para la creación porque te permite aislarte, pero es muy jodida para vivir con intensidad. Estoy muy de acuerdo con él -haciendo hincapié por mi parte en el plano exclusivamente humano de la cuestión, es decir, sin extensiones divinas- los afectos son necesarios, fundamentales, para vivir, para mover el mundo, estés donde estés. Hay unos versos de Benedetti que lo define todo mucho mejor: Un todo al borde de la nada / fogata que será ceniza / el amor es una palabra / un pedacito de utopía...

¿Por qué elegiste un lugar como Noruega para vivir?

No lo elegí, me eligió a mí. Hace más de veinticinco años conocí a Elín, la noruega con la sonrisa y los ojos más hermosos que jamás había visto y ahí, sin saberlo ya me estaba viniendo al frío. Estábamos en España, decidimos venirnos a Bergen, donde vivía su familia, por un plazo y después ver. Y ya ves, el plazo se hizo largo, vinieron los hijos, Bergen y su gente te arropan, es una ciudad chiquita y encantadora con un gran puerto, como salida de una tarjeta postal. Vamos a Montevideo todos los años, nos damos alguna que otra vuelta por España y lo demás, lo da la vida, el tiempo que a diario parece pasar lento y cuando mirás para atrás te das cuenta que pasó muy rápido. Ves, el amor, en mi caso, fue más fuerte que la añoranza aunque ésta siempre está ahí con su vigencia inevitable e imprescindible. Al fin de cuentas uno es uno y su corazón, ¿no?

¿Cuál es tu situación allí? ¿Sos un cantautor aceptado por los naturales del lugar o trabajás para el público latino?

Me muevo en ambos campos por suerte. El público noruego es culto y abierto, receptivo a propuestas de creación vengan de donde vengan. Yo me adapté a sus costumbres y forma de vida, pero artísticamente te aceptan y respetan. Cada tanto me puedo dar una pequeña gira por algunas ciudades, canto habitualmente en la ciudad en la que vivo y me llamaron en varias oportunidades para intervenir en programas de radio y televisión. Uno nota que se interesan y yo explico las letras, la temática y de que van las tangueses, en un noruego que creo que me sale bastante bien. Pero todo sin exagerar, que este medio es el que es y lo que uno hace, ya se sabe, tiene un ámbito no masivo. Acá están más atentos a lo anglosajón y a sus propios artistas, la mayoría de los cuales también cantan en inglés.

En el ámbito latino existe una gran bola de nieve en la que cabe de todo, desde las orquestas neoyorquinas de salsa a Juan Luis Guerra, Juanes, Ricky Martin, Maná o lo que sea que tenga ritmo, permita el baile o tenga un formato sonoro más pop. Está claro que lo que yo hago se presta más a la escucha serena y si fuera posible, a la reflexión, por eso me he movido bastante en los circuitos de jazz que acá proliferan, son importantes y están abiertos a casi todo. También existen sudacas con ganas de escuchar a un tipo que canta cosas de allá abajo. Si me preguntás si me falta el público nuestro, claro, claro que me falta, qué se le va a hacer.

CASUALES CASUALIDADES

La nostalgia por la tierra en que naciste quedó bien patentizada en un tema como "A la ciudad de Montevideo". Ese río interior ¿continúa recorriéndote? ¿Sentís que esa canción sigue representando tus sentimientos?

Uno, al final, es lo que tiene dentro. Y yo tengo dentro tanta "cosa montevideana" a pesar de los 30 años que llevo fuera, que a veces con la imaginación estoy sentado en cualquier bar de allá compartiendo charla con amigos, o en el estadio, o en la playa. Son las cosas que te rondan a menudo por la cabeza, que te bordean el corazón, recuerdos grandes y chiquitos, músicas, poemas, cariños y mi vieja que sigue allá cuidando el fortí. Sí, el río interior me sigue recorriendo, por suerte y ya no hay posibilidad ni tiempo para que esto cambie porque yo ya no cambio. No se es más o menos montevideano, uruguayo, por estar allá o estar lejos, no si uno se siente montevideano, uruguayo, es un sentimiento individual antes que colectivo. El que no tiene raíz no puede sentirse bien en ningún sitio. Lo que pasa es que cuando por la razón que sea, salís de tu sitio y te vas al mundo, te das cuenta de que la patria, como el amor, tiene varias interpretaciones además del lugar de donde sos; la patria son los amigos, son tu mujer y tus hijos, es tu libertad a decidir y a equivocarte. O como decía Benedetti: “uno no siempre hace lo que quiere, uno no siempre puede, pero tiene el derecho de no hacer lo que quiere”.

Lo que sentía aquel muchacho de ventipocos años que se fue a Madrid cantando “si de nuevo me tocara elegir para nacer, elijo el sitio escondido, tan chatito y tan perdido que en el mapa no se ve...”, lo sigue sintiendo este hombre cincuentón con familia "urunoruega" que sigue creyendo que esa canción lo representa y que está muy orgulloso que a muchos otros montevideanos de diferentes generaciones les pase lo mismo.

¿Recordás cómo fue el proceso creativo de la misma?

Más o menos. Yo, por aquella época, no hacía mucho que había empezado a escribir textos para mis canciones y tenía acumuladas un montón de letras sin terminar, ideas en cuadernos y servilletas que iban conmigo a todos lados, entre ellas una a modo de homenaje a mi ciudad y al mismo tiempo presentación de cualquier montevideano en cualquier parte del mundo; es decir, un pedazo de corazón. Pero me parecía una idea demasiado ambiciosa. Intenté escribirla con mi hermano Eduardo, que era un tipo muy hábil en cuestiones literarias y había escrito varias de las canciones que yo cantaba antes, pero el flaco estaba muy ocupado en Buenos Aires con sus guiones para televisión y adaptaciones teatrales y no me dio mucha bola, aunque me animó a que siguiera con lo que tenía escrito. Sólo me dijo que debía enfocar la historia, interiorizarla más; si no, te van a salir tres o cuatro canciones distintas creo que me dijo. Apuré el tiempo porque quería terminarla antes de irme a Europa, quería escribirla en Montevideo, un capricho que me tomé como desafío y me fui a la casa de mis viejos para que me prestaran el jardín de la infancia unos días. La dejé casi hecha pero sentía que me faltaba un arranque que de entrada definiera la historia y me definiera a mí y a cualquiera nacido allá.

Una tarde quedé con Carlos Maggi para mostrarle la canción que había compuesto con el texto de su poema "Tanguez" (de donde yo, de alguna manera, ya había afanado el concepto de tangueses para definir los sentimientos cantados en mi canción sin terminar a Montevideo). La versión musicalizada de "Tanguez" le gustó mucho y después, con unos vinos- ¿o fueron whiskys?- le canté mi canción inacabada y le conté mis ganas de terminarla ya. Me dijo, recuerdo, que no le diera muchas vueltas, que las musas vienen cuando quieren y que si te encuentran laburando, mejor, pero que le diera una oportunidad a la casualidad, que a veces la creación te surge por casualidad. Me fui con eso en la cabeza y esa misma noche creo, encontré el arranque que buscaba con la excusa de la palabrita que me había repetido Carlos: “Casuales casualidades, me llevaron a nacer...” y lo demás salió casi de un tirón y encajando perfectamente con el resto de lo que tenía escrito. Ya ves, fue una mezcla de la necesidad de escribir una canción así tomada como un desafío propio, los buenos consejos de los amigos más letrados y el rompecabezas de la inspiración o lo que sea, que algunas veces es complicado. Fue difícil pero muy lindo, yo tenía veintipocos años.

El texto de "Como cuando llega el día" y el de "Déjame olvidarme del olvido" me impresionaron como de lo mejor de tu reciente disco y pertenecen ambos a Esteban Leivas. ¿Él se dedica a la poesía o se trata de textos ocasionales?

Con Esteban me une una amistad de largo recorrido que se hizo muy sólida en la España de la segunda mitad de los setenta. Él produjo el simple que grabamos en Madrid con la primera versión de "A la ciudad..." y "Tanguez" y escribe junto a Rubén Castillo los textos de presentación de mi primer LP: "Recital a la ciudad de Montevideo", grabado en vivo en el 77. Esteban siempre escribió pero si le preguntás te dirá que no hace poesía, que sólo escribe letras para posibles canciones, que le gusta jugar con las palabras para contar historias y cosas así. Pero está claro -y por eso le pongo música a textos suyos, no por amistad- que es un finísimo escritor para textos cantables con sentido. La primera canción que compuse con texto de él fue "Sueño breve", allá por el 78, y en mi disco "Transatántico" está "Hey demonios", que es una canción con texto de Esteban de 1980 o por ahí; tenemos varias más hechas por aquellos años y que reposan en un montón de cintas guardadas. Ahora, en los últimos tiempos, hemos hecho una treintena de canciones de las que salieron las dos que están en el nuevo disco. El resto está por estrenar y la idea es grabarlas alguna vez en Valencia, donde Esteban vive y curra como creativo publicitario.

Tu interés de otrora por la poesía, ¿persiste? ¿Qué cosas recomendarías de tus últimas lecturas y cuáles son tus autores de cabecera?

Imposible no seguir interesado por la poesía para quien crea que las palabras cantadas pueden servir a la gente de consuelo, reflexión, enganche, cicatriz, abrazo... En otras épocas le puse música a muchos poetas y escritores: Benedetti, Guillén, Cardenal, Estrázulas, Falco, González Tuñón, Maggi, Cortázar, siempre a partir de un enamoramiento, un flechazo con el poema que hacía inevitable el encuentro hasta hacerlo canción. Hay poemas que traen consigo su propia música, que te la cantan antes de componer nada. Tengo en mi archivo algunas canciones con poemas de Julio Garategui y Macunaíma que algún día rescataré. Una anécdota sensible: Esteban tiene una grabación de "Los mágicos demonios de la sangre", un poema del Negro Garategui con música mía que canté en un recital acompañado por Psiglo en un Colegio Mayor de Madrid en el 80, es impresionante, el poema del Gara es tremendo y el arreglo que hicimos con los Psiglo era un cruce de Piazzolla con Hendrix. Y yo ahí. Fue irrepetible.

Últimamente estoy leyendo a varios poetas españoles, todos recomendables. Tres grandes: Claudio Rodríguez, Ángel González y José Ángel Valente, toda su obra es imprescindible. Un poeta granadino actual, Luis García Montero, que escribió en su "Poesía Urbana" un verso envidiable: “la ciudad vino a posarse en mi hombro”. De cabecera, los de siempre, a los que hay que volver para descubrir siempre cosas nuevas: Vallejo, Gelman, Borges, Monterroso, Goytisolo, Gustavo Rojas, Gil de Biedma, Hernández, José Hierro, Neruda, Whitman, Lorca, Machado, Benedetti, Falco, Cohen... Y cualquier buena antología con los textos de las canciones de Brel, Brassens, Vinicius, Zitarrosa y Dylan.

Hace bastante tiempo que saliste de Uruguay y tu viaje te llevó por Argentina, España y Noruega. ¿Los caminos de la vida han sido lo que vos esperabas a tu partida?

No esperaba nada extraordinario pero reconozco que soy afortunado. Mi mujer, mis hijos, mi familia, mis amigos, la música, son mi gran fortuna. Claro que querría que aún estuvieran conmigo los seres queridos que se fueron, pero los tengo en mi corazón.

En lo demás, sólo quería hacer canciones y en eso sigo. Soy de donde soy, estoy orgulloso y ejerzo de montevideano. Vivo donde la vida me llevó y donde quiero estar. Siempre habrá un vaso de vino en las decenas de lugares del mundo donde tengo amigos y tiempo para poder cantar, espero.

Creo que la suerte existe sólo si te toca a vos, que el amor, la amistad y la solidaridad te definen como persona, que ninguna raíz, procedencia, te hace mejor que nadie, que las banderas están bien en Carnaval y que Internet es maravillosa para acortar los miles de kilómetros que a menudo nos separan.

Leonardo Scampini 

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