Berta Pereira y Comadres, Candombe con resonancias

1/7/2006

Una fórmula rítmica emparentada con algún género afro caribeño bailotea en la canción que da inicio al disco (Comadres, Perro Andaluz Rds., Montevideo 2005), o un endiablado entramado de lonjas, maderas y voces, sugiere en la pista número tres, códigos sonoros provenientes de esa misma geografía. Ciertas inflexiones vocales y la utilización de idiófonos en el plano instrumental, proponen rasgos no reconocibles en la música afro uruguaya de hoy.

El candombe, por su parte, se siente como un pulso que palpita en la trastienda de otras métricas, o se vuelve presencia tangible en el dobladillo de un canto fúnebre, en el repique de los tambores, o en los golpes de llamada que clavan el sonido estandarte de su presencia.

Con todo, hay algo que trasciende la amalgama de esos géneros y que circula por los vasos sanguíneos de las composiciones de Comadres. Algo que podría definirse como viaje a una época anterior del candombe, donde su sonido cultivaba cercanías con sones, plenas, guarachas, mambos, congas y rumbas.

“Nosotras trabajamos desde acá –explica Berta Pereira- y mezclamos también. Por allí aparecen influencias de los años 60’s en la negritud nuestra, que era una época en que venían a Uruguay grupos como los Lecuona Cuban Boys y otras bandas de Cuba. Recuerdo que esa sonoridad viene de ahí, porque mis padres bailaban esa música cuando yo era una niña”.

LA LUZ QUE HABIA

La infancia de Berta Pereira transcurrió en la soledad de una casa grande y sin hermanos para jugar -ya que todos eran mayores que ella. Pero una soledad entre comillas, porque ese caserón era un lugar lleno de cultura por donde permanentemente pasaban músicos y teatreros, y porque en ese ámbito, fue donde aprendió a acompañarse de sus primeros cantos y donde con seguridad se originó la vocación de poner su maravillosa voz al servicio de la música.

Los sonidos que habitaban el lugar eran variadísimos, pero Berta fijó en su memoria algunas marcas para toda la vida: “Recuerdo claramente el día que entraron los Beatles en mi casa, el día que entró Mercedes Sosa, y cómo me impactó la sencillez, el bombo y la voz de esa mujer; me acuerdo perfectamente cuando entró Elis Regina en mi casa y María Elena Walsh; me acuerdo dónde estaba cuando eso pasó –dice con los ojos humedecidos por las lágrimas- y hasta la luz que había”.

Siendo muy joven se fue del Uruguay. Pasó brevemente por Francia y se afincó un buen tiempo en Panamá. Allí se formó teatralmente y luego el teatro la llevó a la música, y las ganas de estar otra vez en su país, la devolvieron a estas costas a principios de los 90’s. Andando la década nace la agrupación Comadres, una propuesta que integra música y actuación porque “habiendo pasado por el teatro –aclara Berta- me es difícil concebir la música sin la escena”.

INVESTIGACIÓN Y FANTASIA

En once años de vida, Comadres ha cambiado varias veces de integrantes. Por allí pasaron Isis Filgueira, Andrea Viera, Fernanda Cáceres, y se han quedado Ana Claudia De León, Juanita Fernández, Victoria Bonanata y Silvia Segundo.

“El producto Comadres –cuenta Berta Pereira- tiene dos afluentes fundamentales. Hay por un lado, un trabajo de investigación que tiene que ver con el ‘Libro Gordo de Ayestarán’, donde se recopilan crónica y textos de canciones, y por otro lado, hay bastante fantasía. Muchos textos rescatados por Lauro Ayestarán no se sabía cómo eran musicalmente, y ahí hay que recurrir a maestros de la negritud que tienen datos en su memoria. Eso te lleva a trabajar con sonidos afro viejos, y te abre un sinnúmero de posibilidades creativas”.

Uno de esos textos se llama “Tingo Enungambá”. ¿Fue necesario crearle una música?

Sí, claro. Ese texto me interesó porque hace como un paralelismo entre el escobero y el abrecaminos de origen yoruba, que en Brasil se llama Exú. Entonces, como había tenido relación con esos cantos yoruba en Panamá, me encantaba ese personaje del escobero como abrecaminos y como hechicero. El escobero es un malabar hoy por hoy, pero ese malabarismo tiene que ver con la danza ritual que se teje en torno de la hechicería: con su escoba viene limpiando el espacio para que pase la comparsa.

En esa y otras composiciones, los arreglos vocales juegan un rol central.

El intento en esta canción, es crear un clima como de un personaje que habla con los espíritus para limpiar el camino a la comparsa que viene atrás. Y tanto ése como otros personajes, están íntimamente ligados a la puesta en escena del espectáculo. En otras canciones, la emisión vocal va por el lado de los cantos de trabajo, algo que tiene mucho que ver con la negritud y que es inherente al hombre en su sobrevivencia. Para mí, hay allí una enseñanza que es valiosísima: estar en una situación de sufrimiento, trabajando duramente y poder cantarlo, y poder llorarlo cantando, hace que sobrevivas y que te sientas replantado en la vida con alegría, y que encuentres una salida de algún modo.

¿Cómo surge una canción? ¿Por disciplina compositiva o por momentos de inspiración?

No hay un proceso tipo “me mando para adentro y compongo”. Muchas veces sucede que un texto o una escena disparan el momento creativo. En el caso del canto fúnebre de la negra zulú, estaba hojeando un libro y la canción fue saliendo como si se cantara sola.

Decís que el trabajo de Comadres parte de nuestros códigos culturales pero hay evidentes resonancias rítmicas de otras culturas americanas...

Cuando una va a la fuente y logra algo que en algún modo se reconoce como inherente a un lugar, necesariamente se va a referir a otras culturas hermanas también. Comadres llevó su trabajo a Colombia, por ejemplo, y a pesar de ser una cultura muy diferente a la nuestra, allí se reconoció nuestra propuesta como un sonido hermano. Si vas a Brasil te sucede lo mismo. Y es lógico porque todos hemos tenido una historia inicial similar. Por ahí lo de las resonancias...

Leonardo Scampini

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