SieteNotas

Carlos Gardel, ¿es o no es pura propaganda?

16/8/2000

El 24 de Junio de 1935 nació el mito Carlos Gardel. Hoy, sesenta y cinco años después, seguimos manteniendo las mismas dudas y también discusiones sobre los orígenes del mago: ¿uruguayo?, ¿argentino?, ¿francés?, ¿hijo de quiénes?... El texto que sigue aclara o no detalles, puntos claves u oscuros que nos acercan a sus raíces, a su infancia, a sus amores; en definitiva, a su voz.

PROLOGO

Entre 1912 y 1915, en Montevideo y Buenos Aires comienza el auge de los cabaret, desplazando así a pensiones y casas de baile por ambientes más adecuados y lujosos. Surgen allá el Chantecler, Pigall, Armenonville y mas aquí -que no quiere ser menos- el Pigall, Scala, Chantecler, Moulin Rouge y otros, donde el tango copa la noche y donde concurren a bailar los "famosos", veteranos de la "high life", noctámbulos y bohemios.

A Buenos Aires llega el rumor de nuestras noches de tango y el Jhony Aragón cruza el charco y se convierte en el introductor del tango en ésta; después será Enrique Delfino y su piano en el Pingall y Moulin.

El año 1914 nos trae el talento y la bohemia incurable de Pascual Contursi, que guitarra en mano canta de día en las esquinas y por la noche en el Moulin. Poco después se hace amigo de los parroquianos a los que dedica el tango "La biblioteca": "son las doce y van cayendo / la gente bien preparada / y las minas contratadas / esperando el tango están /......

Para completar ese período de gloria, en el Bon Marché de Soriano y Florida se presenta el conjunto del famoso bandoneonista Juan Magilio -Pacho- y cada noche, más gente de la que el local puede albergar, sigue al maestro desde la calle. En 1915 pues, en Buenos Aires y Montevideo, el tango -sin abandonar el arrabal- conquista el Centro, no impidiendo sin embargo que desde su cuna se eleven duras críticas por haber traicionado el lugar que le vio nacer.

Este es el ambiente rioplatense en momentos que Gardel debe insertarse como cantor de tango: un ritmo que nacido y criado en el arrabal ambiciona triunfar en el Centro; un tango-danza que busca expresión poética, un cantor que la interprete y dos ciudades que se lo disputan y que, cabeza a cabeza, tango a tango, exhiben una gran paridad artística. En 1914 el dúo Gardel-Razzano realiza una triunfal gira por Provincias y teatros porteños y en el siguiente año debutan en el Royal de Montevideo, realizando una temporada en el 18 de Julio: continúa la paridad tanguera.

GARDEL ES HERIDO DE BALA

El Morocho del Abasto no es precisamente un Adonis. No muy alto y excedido en peso, su porte no luce un atractivo especial, no destacándose tampoco en el rubro baile. Le sobra en cambio simpatía. Su sonrisa es amplia y ganadora y tiene a su favor su incipiente fama de cantor, que en ese ambiente resulta esencial. No es de extrañar entonces que a mediados de diciembre de 1915, en el Palais de Glace, un "marido" celoso haya querido poner fin a un romance que le humillaba...

Pasada la media noche, Carlos y su "barra" han llegado al cabaret. María Luisa es dueña de un cabaret y tiene un "dueño" con fama en el hampa. Ella y Carlos se han visto más de una vez en algún centro nocturno y sus miradas se han cruzado sugestivamente. Esa noche está sola y Carlos es prevenido: "Mirá que el Armando es celoso, guapo y traicionero y no permitirá que le ´birlen´ la mina en público". Carlos arguye que sólo a devuelto una mirada, que es lo menos que merece hembra tan apuesta, y dando espalda a la pista se ha acodado al mostrador para tomar su ginebra. Momentos después María Luisa dirigiéndose al barman pregunta fuerte: "¿Esta noche nadie invita?".

Gardel capta el mensaje: "Disculpe pero no uso prenda ajena". "Ya no tengo dueño" replica con firmeza. El fin de la noche los ve salir muy juntos del cabaret e internarse entre las sombras del callejón que parece tragarse la pareja...

Noches después, Carlos y amigos retornan al Palais en momentos que la orquesta interpreta El Entrerriano y un par de parejas trazan pintorescas figuras sobre el parquet. Mientras el barman va llenando las copas, Armando se ha hecho presente bien custodiado por hampones, y sigilosamente se ha dirigido a Carlos -no ha habido tiempo de avisarle-; la voz del malevo suena autoritaria: "Aún no ha nacido quien me ´birle´ mi querida". Simultáneamente suena un estampido y Carlos cae de rodillas mientras su saco se va tiñendo de rojo. En el auto de un parroquiano es conducido a un hospital, constatándose que la bala no tiene orificio de salida y puede estar alojada en el pulmón. Ha perdido bastante sangre, pero a la semana se le da de alta. Gardel respira con alguna dificultad y sus amigos ya le han preparado el programa: recuperarse primero y retornar cuando las aguas tormentosas del suburbio hayan recuperado la calma y el Armando -que ya recuperó su María Luisa- se haya hecho perdiz esquivando la requisitoria policial. "Al Uruguay" le dicen, "A Montevideo o Tacuarembó" le repiten, "Recupérate y cuando baje la marea, Buenos Aires te estará esperando...".

GARDEL EN TACUAREMBO

Días después embarca para Montevideo, donde lo espera un amigo. Concurren esa noche al Moulin y se encuentra con Contursi, eterno bohemio y consumista insaciable de copas y madrugadas. La conversación es ágil como corresponde a noctámbulos y aquel le comunica su idea de ponerle poesía a los tangos y sea Gardel quien los interprete. Este lo pone al tanto de su incidente en el Palais y promete verlo a la vuelta de Tacuarembó. Cansado, se retira temprano, pernoctando en casa de su amigo. A la mañana siguiente, en la Estación Central, aborda el tren que lo conducirá a su ciudad natal. La distancia es larga y el trayecto lerdo, lo que le permite repasar acontecimientos anteriores; está decidido a averiguar su pasado: quién era su padre, quién su madre, el papel de Berta en su vida y otros detalles.

En la Estación le espera Chumbo Echecopar, íntimo amigo de Escayola, al que conociera en ocasión de su viaje anterior. Este ya tiene conocimiento vago del incidente de Gardel y la necesidad de curar su herida. "Esta noche quedaremos en casa y mañana seguiremos para afuera; el aire puro de los cerros, asados, buen vino y una guitarra que te está esperando, te harán sentir bien en pocos días". El trato de Chumbo es fraterno. Por lo pronto, el Gardel es sustituido por Carlos. Después de la cena éste no impide lo acompañe a La Rosada. De ida para el cabaret, Chumbo le comunica que meses atrás en Montevideo ha fallecido Escayola, pero la novedad no merece comentario alguno de Carlos. Entran temprano al cabaret, donde Chumbo saluda a casi todos los parroquianos, ocupando luego una mesa algo retirada. En un rincón -casi en penumbras- un veterano bien vestido "amasija" a una chica hermosa. "Es un hacendado" comenta Chumbo, "pero vive como un ermitaño, con un par de peones bastante mal pagos".

Carlos comenta la diferencia entre La Rosada de ayer y de hoy: "Me entristece ver caras que alguna vez fueron lindas y hoy el tiempo las ha ajado para siempre. Si Ud. me permite, me gustaría retirarme". Chumbo asiente, "Años ah, allí trabajaban hermosas mujeres, muchas de ellas extaídas por el propio Coronel de las compañías teatrales que traía a la ciudad; sin ir más lejos, allí había estado y había sido hermosa Berta Gades...". Temprano en la mañana, en su moderno Ford T, rumbean para la estancia a 40 kilómetros de la ciudad, lindera con La Blanca que fuera de Escayola. Saliendo del ejido toman hacia el Sur por un camino polvoriento y pedregoso que lleva a Paysandú. Andan despacio y esquivando pozos para que los brincos del forcito no dañen la herida de Carlos. Más adelante, sobre la derecha, aprecian el cono truncado del Cerro Cementerio, donde se ven las tumbas indígenas enclavadas entre peñascos. Serpenteando por el lomo de la cuchilla de Haedo, el paisaje recuerda a Carlos viejas y desteñidas vivencias de su infancia, cuando allá por 1900 acompañara en charret a un vecino que visita un establecimiento pasando el Paso de las Piedras del arroyo Arenruguá. ¿Qué será de aquel peoncito que con siete u ocho años corría ñaduces entre la sierra con tal destreza y dominio de su alazán, que cuando regresa y desmonta le pregunta admirado: "¿Cómo te llamas?". "Irineo Leguisamo para servir a Ud.".

Un barquinazo llama a la realidad: Chumbo ha tomado ahora un camino muy desprolijo hacia el Este, cruzan el arroyuelo Jabonería desde donde hacia la izquierda y arriba se aprecia un blanco caserón; ahora duda, pero dice al fin: "Allí naciste tú". Enseguida desvía el tema comentando la belleza agreste del lugar. Carlos ha hechado un vistazo a la casa pero nada ha comentado. El forcito trepa penosamente y bufando alcanza la cima del camino desde donde se divisa el casco de una estancia, a cuyo parque se entra dando fin al viaje. El capataz, su señora y el casero saludan al patrón y éste les presenta a Carlos: "Un uruguayo que vive en Buenos Aires y canta mejor que las calandrias; ya lo oirán ustedes". La casa no es moderna: franqueada la puerta de entrada se pasa por un corredor que lleva a un amplio living que domina un enorme fogón-estufa que en invierno da calor y sirve de parrilla para hacer asados o calentar agua para el infaltable mate de la madrugada y la tardecita. Sillones, sillas rústicas, algunas mesas y un escritorio completan el alojamiento sencillo de la habitación. "Condúcelo a su dormitorio" dice a su empleada, "almorzaremos enseguida, después tiempo tendrás para dormir la siesta. Espero te acostumbres al chillido de las chicharras que a estas horas del verano gustan de exponer con fuerza toda la gama de sus recursos corales...". Minutos más tarde almorzaban bajo la sombra de un enorme coronilla rodeado de eucaliptus y tipas gigantes. Desde allí, mirando hacia el Jabonería, sierras y valles de la Sierra de Tambores ofrecían un espectáculo de singular belleza. Terminado el almuerzo, Chumbo anunció que en la noche asaría un cordero que acompañarían con buen vino casero, lo que fue del agrado de Carlos que se retiró a descansar. Cuando el sol alcanzaba el horizonte, Carlos se hizo presente en el parque, donde el bullicio de las chicharras estaba siendo reemplazado por el de miles de alas de cardenales, mistos, jilgueros y otras variedades de pájaros que retornaban en busca de ramas donde pasar la noche. También Chumbo y su peonada llegaban comentando -mientras desensillan y bañan sus caballos- los acontecimientos de la jornada. Poco después, bajo los árboles, sobre un cuadrado de ladrillos, Chumbo -que ahora calza botas y anchas bombachas- pone un cuarto de cordero sobre la parrilla, volviendo enseguida con el tintillo prometido.

Mientras lenguas de fuego comienzan a hacer brasas, el vino va animando a Carlos a preguntar sobre su pasado. El tema duele, sin embargo, y decide postergarlo hasta después de la cena. Varios vinos más tarde el cordero está dorado y expide ese delicioso aroma que le caracteriza, por lo que ambos se dedican a hacerle honor a tan exquisito manjar criollo. El vino los ha acompañado con generosidad y Carlos, que ahora se siente con más coraje, rompe el fuego: "Usted es el único que puede aclararme algunos puntos oscuros de mi vida, ¿le molestaría hablarme sobre quién ha sido mi padre, quién mi madre, dónde he nacido y qué papel ha jugado Berta en mi vida?".

LA HISTORIA DE CARLOS

Carraspeó Chumbo demorando la respuesta, tratando de encontrar la punta del hilo que debía desenrollar y para lo cual no estaba prevenido. "Bueno Carlos, me sorprende la pregunta pero -despacio por las piedras- trataré de informarte lo que sepa y tendrás que disculpar dilaciones y silencios, porque algunos puntos me será difícil recordar y otros harán difícil su relación sin herir tu sensibilidad". El cigarrillo es buen amigo pensó y me permitirá justificar algún silencio; y encendiendo uno y ofreciendo otro a Carlos, comenzó a narrar su historia:

"Conocí a Carlos Escayola en 1866 cuando éste, proveniente de Montevideo, arribara a Tacuarembó para encargarse del establecimiento ganadero familiar. Yo era soltero y de la misma edad, de modo que la común afición por las copas, farras y mujeres, nos condujo a establecer una sólida amistad que con el tiempo se hizo inseparable. Por lo demás, su estancia La Blanca lindaba con la mía, por lo que nuestra relación no fue sólo compartir la bohemia nocturna de la ciudad sino también las duras faenas camperas. De estampa recia y varonil, complexión guesa y sonrisa acogedora, irradiaba entre las mujeres fuerte fascinación, que consolidaba con conversación fluida, amenizada con dichos camperos y refranes de Martín Fierro. Era además culto, ejecutaba de oído guitarra, piano y flauta, dominando temas literarios o artísticos, preferentemente aquellos ligados a música y teatro. A poco de arribar ocupó una buena casa, cuyo fondo daba a la de otra mansión ocupada por un matrimonio extranjero, integrado por un italiano que ejercía el cargo de Cónsul de su país y una joven argentina descendiente de un marino alemán y un criolla, cuya fusión de sangre tan dispar había engendrado una hermosa mujer rubia. A pesar de ser extremadamente generoso, el hombre "no mascaba vidrio" y supo, a través de su trabajo en el campo, incrementar la fortuna con que había llegado. Esa generosidad y amor por el arte lo llevó a contruir el hermoso teatro que tenemos, con mármoles y otros elementos importados, inaugurado con toda pompa en 1901. De carácter bondadoso, jamás se supo haya cometido injusticia alguna con sus empleados; era además anfitrión excepcional, gustando invitar amigos, personalidades políticas, sociales y artísticas. Su afición por las mujeres no se agotaba en aquellas de la noche, sino que abarcaba también a muchachas de los barrios, servicio doméstico y alta sociedad, no debiendo extrañar que a dos años de llegado contrajera enlace con Clara, la mayor de las tres hijas del matrimonio vecino. Tratándose de faldas, el hombre no le perdonaba la vida a nadie y hasta alguna relación sentimental pudo haber tenido con su hermosa vecina. Y digo podría, porque otra de sus virtudes era el silencio a cal y canto que seguía a sus conquistas amorosas".

La suave brisa de media noche traía alivio a la bochornosa carnícula del medio día y la pálida luz del cuarto menguante y alguna brasa todavía encendida, alumbraban levemente el escenario. Carlos seguía escuchando atentamente y apurando el ritmo con que había comenzado a beber vino.

"En 1869, del matrimonio vecino nace su tercera hija, que llamarán María Lelia y de la que el propio Escayola será el padrino. Este tiene dos hijas con Clara, la que inesperadamente fallece sin saberse la causa. Siempre se había atribuido a su vecina mucha influencia en el primer matrimonio de su hija y la misma sutil influencia -quizás una forma de prolongar su pasado amor hacia aquel- podría nuevamente haberse ejercido con Blanca -su segunda hija- con quien Escayola contrae nupcias poco después de enviudar. Este matrimonio es prolífico y en nueve años nacen seis hijos. Al término del último embarazo sucede algo que pudo sacudir intensamente la raíz misma de la Sociedad Tacuaremboense: María Lelia, cuñada y ahijada de Escayola, queda embarazada de éste: ¿violación o relación consentida? Por primera vez en su vida, Escayola tiene temor y terror de lo que pueda decir la gente, porque además ella es menor de edad. Consulta con amigos íntimos -entre los que me cuento- y la opinión es unánime: el ambarazo debe llegar a término, pero la niña debe desaparecer de la ciudad por un tiempo, antes de que su vientre comience a hacerse notar. Así dispuesto, una madrugada, Escayola, María Lelia y una empleada se escabullen en auto hacia La Blanca. Para entonces, el hombre, estrechamente ligado al Partido Colorado cuya presidencia ejerce el dictador Santos, es designado Jefe Político del Departamento y ascendido al grado de Coronel; es además hacendado poderoso y allegado a la masonería, a lo que convierte en personaje dueño de viudas y haciendas y punto obligado de referencia de las mujeres, cualquiera sea la edad y escala social".

A esta altura del relato todo quedaba claro para Carlos, cuyo rostro ya parecía una mueca. También Chumbo sufría con la narración, pero debía terminarla. Encendió otro cigarrillo, carraspeó una vez más y prosiguió: "La fecha del parto se aproximaba y aún no estaba decidido quién haría de partera y quién de madre adoptiva. Para lo primero se pensó en Cristina, reconocida profesional que unía a su idoneidad la seguridad de que guardaría el secreto. Para lo segundo sugerimos a Berta Gardes, vieja amiga y probable amante ocasional del Coronel. En ese momento "trabajaba" en La Rosada, no tenía amante fijo y su añeja belleza no lucía como antes, denotando su rostro el peso implacable de noches de acohol y lujuria vividas en el cabaret. Debo contarte hermano -el vino ya cumplía el fraterno rito de hermanarlos- la historia singular de esta mujer llegada a Tacuarembó en 1880, proveniente de Toulouse y enrolada en la Compañía Francesa de Minas que comenzaba a explotar oro en Minas de Corrales, muy cerca de esta ciudad. Sus propietarios, aparte de mano de obra, precisan ingenieros, contadores y administrativos, a quienes conviene arraigar a la ciudad, para lo cual se decide transformar un peringundín en un espléndido cabaret-pensión. Para manejo, elección y administración de las "chicas" necesarias, se contrata a Berta y su amiga francesa Anais. Ese cargo tenía Berta en aquel momento, pero conocida la condición económica que se le ofreciera, no dudó en quedar a la orden para cuando el bebé naciera. Un 11 de diciembre, con la ayuda de Cristina, un varoncito asomó su carita redonda y la improvisada sala de partos se llenó de llanto feliz del recién nacido. Pasadas algunas semanas, Berta y tú pasaron a residir en Tacuarembó. Tres años después Berta quedó embarazada y deseó tener un hijo en Toulouse, por lo que se trasladó a Montevideo y tú quedaste a cuidado de Anais, viviendo en un conventillo en la calle Herrera y Obes. Por la calle Isla de Flores se te vio correteando con otros pibes del barrio y hasta podrías haber concurrido a una escuela de la zona. En 1891 -ya con seis o siete años- retorna Berta y su hijo Charles Romualdo, te recoge en Montevideo y se trasladan a Buenos Aires con Anais. En cuanto a María Lelia, tuvo con Escayola cuatro hijos, el último de los cuales -Carlos Segundo- sería muy parecido a ti. Esta es la historia que conozco y el héroe o mártir de la misma sos tú".

Carlos habitualmente no bebe, pero para digerir ese relato ha debido empinarse unas cuantas copas: "Gracias Chumbo, hoy es noche de confidencias y quisiera contarle una que dado el carácter reservado de Escayola quizás no conozca. En ocasión de mi visita a Tacuarembó en 1910 intenté conocerlo, y una tarde -sin aviso previo- llegué hasta su casa y dije simplemente: de parte de Carlos Gardel. Minutos después pasé a un salón muy bien amueblado donde Escayola me esperaba parado detrás de su escritorio. Con gran frialdad estiró su mano a la que yo le tendía, espetándome: "¿Qué le pasa amigo?, ¿se encuentra en algún apuro?". Sus palabras y su mirada me turbaron al punto de no saber qué contestar. Había querido conocerlo, saber de su vida y hasta reconciliarme, pero no le interesé. Quizás pensó que venía a pedirle dinero. Para él no era un hijo, sino el producto de una de sus tantas eyaculaciones practicadas sin amor. Lo miré fijo y le dije: "No señor, no necesito nada, disculpe la molestia", y me retiré...

Permítame hacerle una última pregunta: ¿Por qué en Buenos Aires Anais cuidó de Charles Romualdo y Berta de mí?". "Buena pregunta, porque el Coronel encargó a uno de sus yernos, que era abogado, arreglar con Berta -estipendio mensual mediante- la exclusividad de tu cuidado hasta la mayoría de edad".

Ya en su aposento, con la cabeza "pesada" por el vino y la historia, intentó dormir en vano. Como a través de un caleidoscopio su mente registraba escenas desgarradoras: su padre, un libidinoso insaciable que no se había detenido ni siquiera ante su cuñada y ahijada menor de edad; su madre, que, violada o traicionando a su propia hermana, prefirió abandonarlo para proteger su imagen social. Berta: madre profesional paga para cumplir con ese papel...

Los primeros rayos de sol penetraban su habitación cuando por fin el caracol del vino comenzó a arrastrarse buscando la paz del sueño. No dormirá mucho, a media mañana estará trepando un cerro desde donde puede contemplar los ganados pastoreando en el valle. A su derecha, el agua límpida de jabonería salta sobre las piedras del paso y más a la derecha, la casa donde naciera. Chumbo y su peonada llegan a las casas y le saludan alegremente. Poco rato después, el mate está ensillado, y sentados en rústicos bancos y sobre un tronco que hace de mesa, saborean los restos fríos del cordero de la noche pasada. Una empleada trae la correspondencia recién llegada, extendiendo a Carlos una carta remitida desde Buenos Aires. "¿Alguna novedad Carlos". "Armando y la María han desaparecido del Bajo y dicen que puedo volver". "Usted está en su casa y puede quedarse cuanto quiera". El usted suena a trato más fraterno que tú. "En una semana estaré bien y en cuanto a la bala... allí se aburrirá de por vida, pues no permitiré que me achuren para extraerla". "Entonces amigo, organizaré una gran despedida: chorizada, vaquillona con cuero, pasteles, bandoneones y guitarras para el baile; y apróntese amiguito, porque al fin sabremos si su fama de cantor es o no pura propaganda...".

La noche está espléndida y la luna llena acompaña la fiesta. Cuando de la vaquillona sólo queda un recuerdo comienza el baile; y en la madrugada, Chumbo anuncia al cantor tacuaremboense Carlos Gardel. El silencio es total cuando bandoneones y guitarras se ponen de acuerdo y Carlos comienza a cantar temas camperos, milongas y canciones que hacen delirar a paisanos y chinas que se han ataviado con las mejores prendas. Cuando el sol trepa el cerro finaliza la fiesta de la que por años, en ranchos y fogones, habrá de recordarse.


RETORNO A BUENOS AIRES


Al mediodía Carlos se despide del personal, y con Chumbo se dirigen a la Estación Valle Edén. El pito y humo de la locomotora anuncia su llegada, y cuando la partida es inminente ambos se estrechan en largo y silencioso abrazo.

La emoción sólo permite a Carlos decir: "Gracias, nunca podré olvidar los días pasados aquí; usted ha sido el padre que no tuve".

La máquina jadeando como asmática comienza a arrastrar su pesada carga de trenes por el lomo de la sierra, dejando el valle a los lados y algún ranchito prendido en la inmensidad del espacio. Carlos se acomoda contra la ventanilla y trata de ordenar los acontecimientos vividos: ahora sabe quién es, dónde nació, quiénes han sido sus padres y quién Berta.

De su primera ida a Montevideo sólo parece recordar el empedrado de Isla de Flores y sus casitas bajas. De su primer época en Buenos Aires, algunas pillerías en el Abasto y su pasaje por una escuela donde falta mucho y aprende poco.

Entre el 1897 y 1901 recuerda su pasaje por Montevideo, Tambores y Tacuarembó, y su decepcionante encuentro con Escayola. Vuelto a Buenos Aires vende diarios, aprende tipografía y canta en boliches, clubes y prostíbulos, recibiendo algunos pesos flacos.

Con 18 años recuerda un áspero incidente entre dos "barras", donde muere un integrante del otro bando y se come un "garrón", siendo remitido a Ushuaia. Dos años después retorna a Buenos Aires, el tango está en auge y Mendizábal ha compuesto El Entrerriano, Villodo El Choclo y Saborido La Morocha.

GARDEL - RAZZANO

Gardel vuelve a cantar en boliches y esquinas, enterándose que otro cantor apodado "El Oriental" hace roncha en el Bajo. Ambas "barras" planean un desafío en casa de un amigo común y para lo que para algún agorero podría terminar en guerra, finaliza con ambos cantando a dúo ante el entusiasmo de los presentes. En 1913 debutan clamorosamente en el Armenonville. El chirrido de las ruedas frenando sobre las vías lo aparta de sus recuerdos y cuando se reinicia la marcha el cansancio lo vence y se despierta en la Estación Central. Pernocta en casa de su amigo y luego del almuerzo se reunen en el Tupu frente al Solís, donde se habla de turf, del triunfo de Uruguay 2-0 contra Argentina por la Copa Newton y también de Pacho que sigue triunfando en el Marché. En la noche se encuentran con Contursi en el Moulin y vuelve a reactualizarse la idea de ponerle letra a los tangos y que Gardel los cante.

Vuelve a Buenos Aires, pasa por Jaurés y saluda a Berta sin mayor afecto. Esa noche encuentra a su "barra" en el Café de los Angelitos; la noche porteña está esplendorosa y el Bajo y el Centro se disputan el tango. El hijo dilecto nacido en el Bajo quiere mudarse al Centro y compartir su gloria; pronto algún poeta hará mención a esa disputa.

Carlos y Razzano se encuetran la tarde siguiente y acuerdan ensayar enseguida. En pocos días debutan en Mar del Plata, luego en Rosario, y en Buenos Aires en el Marconi y Esmeralda. Montevideo no quiere quedarse atrás y el diecisiete de junio de 1915 el dúo debuta en el Royal y semanas después hacen una temporada en el 18. Gardel, sin embargo, no está conforme. En pocos años se ha producido un cambio y los vates criollos sienten necesidad de expresar en poesía la vida del suburbio, de la piba que quemó sus ilusiones en el cabaret:

"Estercita, hoy te llaman Milonguita / flor de lujo y de placer / flor de noche y cabaret / Milonguita, los hombres te han hecho mal /..."

"Milonguita" E. Delfino y S. Linning

También del reo que dicta cátedra de baile en el Centro, de las injusticias sociales y tantos temas más. Nota que las letras que canta con Razzano no responden al cambio operado, y algún especialista ha indicado la necesidad de intervenir las cuerdas vocales de su compañero. El tango está en auge pero sólo se puede silbar o tararear. Años atrás, en el Bajo también habían surgido letrillas impúdicas que describían con palabras obscenas la vida prostibularia o las hazañas de macrós y proxenetas.

En 1917, desde Montevideo retorna Contursi trayendo en sus maletas muchos sueños y poca ropa. También unos versos inspirados en un parroquiano al que la "paica lo ha amurado en lo mejor de su vida" y los ha adosado a una melodía Castriota. Renueva con Gardel sus sueños del tango canción y le entrega los versos. Ese año, en el Empire de la calle Corrientes, aquel lo estrena y una sorpresiva y cálida salva de aplausos obliga el bis. El tango -melodía y danza- acaba de descubrir el elemento que faltaba: la poesía; y también su intérprete. Con ese estreno, Buenos Aires vuelve a sacar ventajas a Montevideo. Pero poco después, en la Giralda de Andes y 18, el cuarteto Porteño de Roberto Firpo estrena un tango de Matos Rodríguez al que llaman "La Cumparsita" y que con el tiempo se constituirá en el himno de los tangos... Otra vez Montevideo y Buenos Aires, Buenos Aires y Montevideo, cabeza a cabeza, tango a tango.

Medellín: 24.6.1935, hora 15 y 10:

"Como pájaro ebrio de horizontes azules
te alejaste soñando sin dejar de cantar
la flecha del destino atravesó tu vida
golondrina querida, ya no retornarás
en vano en las serenas noche de plenilunio
aguardarán las novias que empieces tu canción
al comenzar el alba su cosecha de estrellas
con lágrimas calladas cerrarán el balcón...."


"El pájaro muerto" Pintín Castellanos, Edmundo Bianchi y Juan Carlos Patrón.

- Texto tomado del programa radial Los Favoritos... de Gardel FM, conducido por Roberto Méndez (lunes a viernes de 10 a 13 hs.).

BIBLIOGRAFÍA

- E. Silva Cabrera, Gardel: el gran desconocido". Ed. Corporación Graf. Mont.
- Iris Sclavo, "Tacuarembó esquina Gardel". Ed. Fin de Siglo. Mont. 1993
- Horacio Salas, "El Tango". Ed. Planeta. B. A. 1995
- E. Paysse González, "Páginas abiertas". Ed. O. D. E. Mont. 1993
- Ricardo Ostuni, "Repatriación de Gardel". Ed. Club de tango. B. A. 1995
- Federico Silva, "Informe sobre Gardel". Ed. Alfa. Mont. 1971
- Joselo González, "Gardel antes de Gardel". Ed. Solaris. B. A. 1996
- María Selva Ortiz, "El silencio de Tacuarembó". Ed. de la Plaza. Mont. 1995
- Susana Cabrera, "Los secretos del coronel". Ed. Fin de Siglo. Mont. 1997
- Reportajes, conferencias y comentarios recabados de Diarios, Revistas, etc.

Roberto Méndez

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